lo que pica el pollo

el blog de Yosvani Oliva Iglesias

La tibieza del tercer voto

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Desde que vivo en EEUU, hace ya más de 22 años, en todas las elecciones siempre ha aparecido algún candidato por un tercer partido proponiendo algo distinto. Eso, lo distinto, siempre tiene sus adeptos; gente que cansada de la clase política tradicional, producto del desgaste propio de la permanencia, se deja llevar por los cantos de sirenas. Desde Russ Perrot hasta Ralph Nader, larga es la lista de vendedores ambulantes ofreciendo curas nuevas para males tan viejos como el hombre mismo.

El recién concluido sufragio nacional, el proceso electoral no termina hasta el 19 de diciembre cuando emitan su voto los colegios electorales, no estuvo ausente de terceros aspirantes. Por el Partido Libertario, el exgobernador de Nuevo México Gary Johnson, un bufón con la única virtud de no ser uno de los dos titulares de los dos partidos protagónicos, y por el Partido Verde, Jill Stein, una neófita en política que dejó ésto bien claro cada vez que se pronunció públicamente. Obviamente, ambos gozaron de seguidores, mayormente de aquellos que descontentos con lo que ofrecía la política establecida, buscaban opciones tras las cuales salvaguardar sus principios.

No hay nada de extraño que en una elección en que uno no puede identificarse con los candidatos titulares, busque terceras opciones. Yo mismo he apoyado a candidatos de esta índole en ocasiones anteriores. Es un voto protesta, un acto de excentricismo en pos de un puritanismo ideológico. Pero solo se puede ser excéntrico y  puro cuando no hay nada en juego. Nadie daría heroína a un niño, salvo en una situación de extrema emergencia y la heroína fuera la única anestesia disponible. En tal caso, no hay lugar para puritanismos. Se da el paso al frente por difícil que sea.

En esta última contienda, el alma misma del país estaba en juego. Un demagogo al mejor estilo de las caricaturas de los líderes políticos del tercer mundo se acercaba al poder. Con una agenda fiel a los manuales de instrucción del fascismo apelaba a los más repudiables valores de la sociedad, sorprendentemente con gran aceptación. Sú oponente, una vieja conocida de la política establecida, con todo el desgaste y rechazo que ésto provoca: más de lo mismo que a veces cansa pero lo mismo al fin y al cabo. Como era de esperar, muchos de los acólitos al partido del demagogo con pespuntes fascistas lo rechazaron, pero en su puritanismo político no se atrevían a apoyar al otro bando. Del mismo modo, muchos acólitos de la vieja conocida del establecimiento político rechazaban su candidatura. En una elección corriente la opción era fácil y hasta obvia, votar por un tercero. Pero no era esta una contienda corriente.

El país se bate entre apoyar a un hombre que cuestiona las instituciones fundacionales de la república, las mismas que el martes pasado le dieron la victoria, o continuar confiando a ellas su futuro. Apoyar a un hombre que promueve violencia, xenofobia, revolución o apoyar al sistema de más de dos siglos que, aunque imperfecto, siempre halla su rumbo. No era éste el momento de especular, sino el momento de decidir si aún confiamos en las instituciones de siempre. Un voto a favor del demagogo con pespuntes fascistas, era sin dudas un voto en contra de estas instituciones. Pero, ¿qué tal votar por los terceros?

No era el momento de especular, de ser excéntrico, de alzar la nariz y sentirse moralmente superior. Era el momento de decidir, con valor, y dar cara a la ignominia. Era el momento de dejar de jugar a la política y apretarse el cinto. Era el momento de ser, de verdad, y no tan sólo pretender. Era el momento de la verdad y ante la verdad, se pasaron con ficha. Fueron tibios cuando verdaderamente contaba, con sus manos tan limpias como el Pilatos. ¿Y la conciencia? Sólo ellos sabrán cómo la calman. Personalmente, creo que quien tan tibio se comporta se preocupa muy poco de esas cosas.

El voto conservador ha de ser un voto por Hillary

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Me comentaba una amiga cuán complicado está el definirse por un candidato u otro en estas elecciones presidenciales. No ha sido ella la única, claro está. Muchas han sido las personas que me han comentado algo similar y de darse uno un paseo por las redes sociales, es sencillo comprobar esto de la indecisión. Es que ambos protagonistas en esta contienda exceden en su capacidad de robarle a uno las ganas de vivir. Pero si se mira de cerca, no se trata de una opción entre dos terribles candidatos, sino entre una mala candidata y otro imposible. Más que alegar por un voto a Hillary Clinton, pretendo demostrar por qué es inacceptable votar por Donald Trump.

Las sociedades descansan sobre sus mitos, esas creencias compartidas que demarcan la conciencia colectiva y sobre las que se construye la identidad nacional. El mito fundacional de una democracia recae en la confianza ciudadana en el proceso electoral.  En Estados Unidos, particularmente, este mito no sólo se apoya en la creencia de la ciudadanía en el sistema electoral, así como en los controles constitucionales que regulan al mismo, sino también en el debate ideológico entre los dos partidos mayoritarios. Este histórico debate entre corrientes políticas opuestas, permite al país avanzar sin el desenfreno desbocado del liberalismo, a la vez que hace improbable el asentamiento inamovible del conservadurismo extremo. Cuando ambas corrientes de pensamiento se hallan conjuntamente en un período de esplendor intelectual, el país, por lo general, vive momentos de civismo, colaboración y diálogo productivo con proyección al futuro. Por ende, es de preferencia para todos que ambas organizaciones políticas, tanto el Partido Republicano como el Partido Demócrata, gocen de una regia salud intelectual.   

La identidad del movimiento conservador estadounidense moderno se forja en la década de los 50, impulsado en gran parte por la guerra fría. La revista National Review, de William Buckley, dio voz a esta nueva corriente intelectual que buscaba promover los valores tradicionales de la sociedad americana, una economía laissez-faire y el anticomunismo, convirtiéndose estos en los pilares del partido republicano. Conjuntamente a este renacer ideológico del movimiento conservador, los Estados Unidos se revolvían en una turbulenta batalla por los derechos civiles de la comunidad afroamericana. La contienda principal de la lucha por estos derechos giraba alrededor de la segregación de los espacios públicos, mayormente en los estados sureños. La inteligencia republicana, en su creencia de que estos asuntos eran menester de cada estado y no del gobierno federal, se opuso en gran parte a una ley nacional que pusiera fin a la segregación existente. Esto atrajo al Partido Republicano a un amplio sector de la población que anteriormente se perfilaba por los demócratas y para quienes la segregación racial era uno de sus valores tradicionales fundamentales, estrechamente vinculada con el cristianismo evangélico sureño, pero a quienes el discurso ideológico de la intelectualidad conservadora les era ajeno.

Desde entonces, el conservadurismo intelectual americano se ha visto enredado en esta tela de araña de populismo y nacionalismo provincial. El afán de lograr victorias electorales que ayuden a promover una agenda de derecha, ha ido empañando la retórica de campaña republicana con elementos del discurso político heredado de los segregacionistas. Este afán de victoria, también ha tentado a la inteligencia conservadora a hacerse los de la vista gorda ante las ideas de los “nuevos” republicanos, tan diligentes con sus votos. Como todo movimiento extremista, esta nueva derecha de nefasto pasado, en sus comienzos se expresaba como un grupúsculo minoritario, los tíos locos del Partido Republicano a los que nadie realmente hace caso y basta con sólo recordarlos en algún aniversario. Es así, hasta que el movimiento extremista alcanza una masa crítica, como ocurrió con la elección en 2008 de Barack Obama a la Casa Blanca, el primer presidente afroamericano en la historia de la nación. La elección de Obama fue el catalítico para que surgiera un movimiento como el mal llamado Tea Party. La retórica de los arrabales se convirtió en el discurso de campaña de la mayoría del republicanismo. Con un lenguaje inflamatorio, a veces teñido de racismo, y la inacción política como bandera, el Tea Party prometía regresar a los Estados Unidos a un supuesto período de esplendor, ahora perdido. Es de en medio de este aterrador discurso, tan distanciado de los valores que realmente han de definir al conservadurismo americano, que surje el postulado, luego nominación, de Donald Trump como candidato Republicano a la presidencia.

El Donald, con su verborrea de cowboy neoyorquino, ha despojado a este movimiento reaccionario de todo velo de apariencia, exhibiendo con orgullo los más deplorables valores humanos. Incluso va más allá cuando pone en cuestión al proceso democrático, debilitando así a la mitología sobre la que se edifica una gran nación. Ya no se trata simplemente de querellas partidistas. Un voto por Trump, por eso que representa y aquello a lo que ataca, es un voto en contra del proceso democrático mismo y en contra de las instituciones que hacen posible nuestro modo de vida. Donald Trump es el rostro de la decadencia de un partido político que ha sido secuestrado, de la crisis del movimiento conservador en nuestros días. Un voto por Trump es otro paso más en la procesión hacia el entierro del Partido Republicano y del movimiento conservador.

No votar por Hillary Clinton, sobretodo en un estado de tanta importancia y tan reñido como la Florida, es casi lo mismo que dar un voto a Trump. Se que muchos conservadores entretienen la idea de un voto protesta, un voto que muestre su descontento con el Partido Republicano sin votar por la titular del Partido Demócrata. En otras elecciones sería una posición respetable, hasta moral. Pero ahora nos jugamos la vida. Negarle el voto a HIllary Clinton es aumentar las posibilidades de victoria de Donald Trump; es dar aliento a la plaga que amenaza con poner fin al movimiento conservador. Los Estados Unidos necesitan de un conservadurismo serio, de un conservadurismo inteligente, de un conservadurismo que es aún posible si le hacemos frente a los secuestradores votando por Hillary.

Piedra rodando sobre sí misma

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Alfred Nobel, el filántropo sueco que da nombre al prestigioso premio, dejó como criterio en su testamento para el galardón de literatura que fuera otorgado “a quien hubiera producido en el campo de la literatura la obra más destacada, en la dirección ideal.” Es ésta una condición sumamente diáfana, que invita de cierto modo a ampliar las fronteras de lo que debe ser premiado o no. La reciente selección del cantautor estadounidense Bob Dylan como ganador, ha despertado un amplísimo compendio de opiniones al respecto. El debate mayormente ronda en derredor de si debe ser considerada literatura la obra del músico, oriundo de Minnesota.

 

La polémica sobre que debe ser considerado literatura no es algo nuevo. En la Inglaterra del siglo XVIII, por ejemplo, se consideraba literatura toda obra escrita producida por la clase instruida. La novela no contaba con el favor de la misma y era por lo general excluida. Con el correr del tiempo, la aceptación de lo que constituye latituridad se ha expandido. Atrás quedaron los años en que una obra sólo tenía validez literaria según la función poética del lenguaje empleado. Como una piedra rodando sobre sí misma se va convirtiendo en avalancha, así se ha expandido el abarque de la literatura. Considerando la constante evolución, mayormente inclusiva, de qué se considera literatura y las libertades permitidas en el testamento de Alfred Nobel, no ha de sorprender que la academia sueca (institución que elige a los galardonados) haya otorgado el premio a un cantautor. Podemos añadirle a esto la definición moderna, más o menos aceptada,  que reconoce como literatura todo empleo de la palabra para expresar una idea estética.

 

Bajo los parámetros aquí definidos, es válida la inclusión de la palabra en forma de canción como parte integral de la literaturidad. Nos queda entonces como punto de contención el mérito estético de la obra de Dylan. No es éste el espacio propicio para hacer un análisis crítico de ella, puesto que el mismo requiere de un rigor académico que va más allá del propósito de este blog tan informal. Me remito entonces a estos versos de Chimes of freedom (Campanadas de libertad): “for those condemned to drift or else be kept from drifting” (para los condenados a la deriva o de lo contrario impedidos de derivar). Dos de las grandes tragedias del siglo XX – por un lado el exilio, por el otro el encarcelamiento – dibujados de un plumazo. Que ponga otro en cuestión el mérito estético de este señor, porque a tanto no me atrevo yo.

 

Mi molestia más grande con la academia sueca por éste, su más reciente premio otorgado, es el anglocentrismo del mismo. Se me vienen a la mente cantautores de latinoamérica como Silvio Rodríguez, Vinicius de Moraes o Chico Buarque, que fácilmente pudieran haber sido reconocidos. En el cancionero de españa también sobran los ejemplos, Serrat y Sabina por solo mencionar un par. En el cancionero francés o en el italiano deben haber otros tantos y así por el estilo. Se reconoce a Dylan en parte por la difusión de su obra, la cual ha dado la vuelta al mundo varias veces. Ocurre esto en menor grado en otras expresiones de la palabra debido al trabajo crítico/académico detrás de las mismas, lo que permite a la academia hacer una investigación más profunda. Por otra parte, esperar a que surjan trabajos investigativos de rigor en el área de la canción podría ser verdaderamente injusto. Esperemos pues, que este premio haga las veces de catalítico para que en el futuro la cátedra aborde la canción con la seriedad de las otras disciplinas literarias.

Por último, quisiera abordar el tema de los autores desde siempre merecedores de ser reconocidos que aún continúan esperando o han fenecido en la espera. El premio se otorga una vez al año, por lo que siempre habrán más creadores merecedores del mismo que premios otorgados. Es injusto pero inevitable ante la tradición que hasta ahora se observa. Tal vez sería cabal otorgar más de un galardón anual en literatura como se hace en otras disciplinas. Hasta aquí esta última cantaleta.

Buscando América

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La celebración del descubrimiento de América se ha convertido en un tema controversial. Por un lado están los que alegan que Colón y compañía no hicieron más que saquear a un continente y cometer un sinnúmero de atrocidades en contra de los nativos. Por otra parte están los que alegan que los nativos no eran más que unos salvajes y que la colonización europea trajo progreso y civilización al continente. En realidad, Colón y compañía fueron unos verdaderos hijosdeputa que exterminaron a millones de indios y se apropiaron de un continente. Pero también es verdad que aquellos indios también eran unos hijosdeputa que se mataban, violaban y conquistaban entre sí. La historia del hombre es una gran hijeputada, tanto en el nuevo como en el viejo mundo, ese genoma vil lo ha tenido la humanidad por siempre. Entonces, qué coño celebramos el 12 de Octubre?

 

Empecemos por aclarar que América no fue descubierta. No puede ser descubierto un continente ya habitado por millones de seres humanos. Lo que ocurrió fue encuentro entre culturas. El encuentro entre la flamante civilización occidental y diversas y, de algún modo, más primitivas civilizaciones autóctonas del continente. El encuentro, como casi todo lo que ocurre cuando los humanos nos encontramos con algo nuevo, fue brutal y sangriento. Pero en ese primer encuentro comenzó a gestarse algo nuevo y verdaderamente hermoso, lo que más tarde José Vasconcelos llamaría la raza cósmica. Faltaba aún la llegada del negro esclavo, de los igualmente esclavos chinos y toda esa gente que se vino del medio oriente, la India y todo rincón imaginable del planeta.

 

De ese engendro bastardo y violento de tantas culturas nos quedó un idioma maravilloso, que estiramos y elevamos hasta lugares impensables para el mismísimo Cervantes. Se renovó el barroco y creó esta rica y variada manera de expresar el mundo que nos rodea, tan intrincado como sus montes, tan mestizo como estas manos que aquí escriben. De ese parto violento nació Garcilaso y nació también Sor Juana Inés. Esta, es la américa de Borges, de Guillén, de Rulfo, como también es la américa de Agustín Lara y de Heito Villa-Lobos. La que entrengó al mundo un nuevo modo de abordar la novela, aunque el mundo casi ni se fijó en su llamado boom. La que renovó y modernizó la poesía romántica en los versos de Heredia y Darío. Una américa que dio otros colores al milenario arte de la pintura con los pinceles de Diego Rivera y Manuel Mendive. Celebramos entonces a esta raza imperfecta que todavía busca su norte, marginada y condenada por los mismos que la descubrieron, pero que sueña como soñó Rodó y soñó Martí.
Ese es el significado del 12 de Octubre. Este intento constante de romper la distancia entre el presente y la lejanía de una idea todavía indefinida. Celebremos, pues, nuestra historia, poblada de caminos que se bifurcan; caminos que algún día nos llevarán a casa.

Enseñanzas de un ciclón tieso

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Por ahí viene Mateo! A penas se mueve mientras cobra fuerza y amenaza con devolver al Oriente de Cuba a tiempos precolombinos. Un ciboneyismo natural y a la cañona, a diferencia de aquel engendro poético del Cucalambé y compañía. Ae! Ae! Ae la chambelona! Corre que Mateo tiene cara ‘e mona! Mateo es mucho Mateo y hay que tomarlo muy en serio y Mateo, también es un punto de reflección sobre la actualidad de Cuba y sus relaciones con Estados Unidos y a la vez, cómo no iba a ser, con su diáspora.

 

No puedo evitar pensar que después del muy discutido deshielo en las relaciones Cuba – EEUU, con mayores facilidades para viajar a la isla y para enviar todo tipo de cosas, los afectados por la ira de Mateo estarán en condiciones de recibir mucha más ayuda que las víctimas de fenómenos naturales anteriores. Podemos hablar hasta la coronilla de la anti-revolucionaria dictadura castrista, inamovible como los obeliscos de Cundín. No nos cansaremos de denunciar los atropellos y la opresión de la policía política, otro monumento a la inflexibilidad. Pero igual de inflexible son las necesidades básicas de todos los cubanos; necesidades a las que ahora podemos atender en mejor modo.

 

Ya puedo escuchar las acusaciones de dialoguero, apologista y demás insultos de costumbre de nuestro patio. Pero ante los mismos reclamos de siempre no puedo más que preguntar ¿No debe toda gestión de gobierno ser por el mayor bienestar de sus ciudadanos? Ante la inevitable embestida de Mateo e incluso, mucho antes de que Mateo asomara sus narices, se hace muy difícil el no ver al cacareado deshielo como un acierto para el cubano de a pie.

 

Orgullo en perspectiva

En la escalinata oeste del capitolio Richard Blanco – cubano-americano, homosexual, poeta inaugural – leerá los versos que ha escrito para el bautizo del segundo término presidencial de Barack Obama. De los cinco poetas a quienes se les ha brindado esta importante tribuna, Blanco es el primer hispano y el primer gay. El significado histórico de esta ocasión no ha pasado por alto y una simple búsqueda en google revela una incontable cantidad de enlaces a escritos sobre la relevancia del hecho.

 

El viernes en la mañana, cuando ordenaba una taza de café por la ventana de una panadería, como es costumbre aquí en Miami, fui saludado por un señor de la tercera edad con periódico en mano y un sombrero propiamente calado. El señor, como yo, es un “cafetero” habitual y con frecuencia coincidimos en nuestro vicio matutino. Repasamos los resultados del baloncesto de la NBA y le escuché opinar sobre, según él, el nefasto futuro de “los Marlins”. Nuestra breve pero grata conversación pasó de los deportes locales a la política, tema vital entre tazas de café, y comentamos de Cuba y Venezuela, el asunto del cólera le preocupaba. En ese ir y venir de acusaciones y sentencias mencionó con marcada admiración que “uno de los nuestros” fuera nombrado poeta inaugural. Este ensombrerado tomador de café no fue el único a quien escuché expresar su admiración por el logro de Richard Blanco. Desde el anuncio mismo de la noticia ha sido comidilla de conversaciones de esquina, casi todas centradas en el orgullo cultural y étnico.

 

Las primeras muestras de orgullo las dieron unos amigos cubanos, pero tardó poco para que la alegría colectiva se hiciera eco en toda la comunidad hispana. “Uno de los nuestros llega a los niveles más altos de su profesión, alguien con pasado y retos similares. Algunos sueños todavía se hacen realidad.”  Estas son las historias que fomentan el llamado sueño americano, la creencia que: “no importa cuán humildes tus orígenes puedes lograr lo que te propongas.”  Pongámosle música Disney y podemos creernos que estamos en el cine, pero en la vida de verdad las calabazas no se convierten en carruajes.

 

Cada día más hispanos son arrestados y deportados a sus países de orígenes. Los hijos de indocumentados, incluso aquellos nacidos en Estados Unidos, son tratados como ciudadanos de segunda clase por el sistema educacional, negándoseles ayuda financiera para pagar sus estudios. Un intento de amnistía para estudiantes universitarios sin estatus legal, el Dream Act, fue desechado por el congreso sin mucha fanfarria (es importante notar que el senador Marco Rubio, hijo de emigrantes cubanos, votó en contra de esta amnistía).

 

Mientras Richard Blanco lee su poema dedicado a la investidura de Barack Obama como presidente estaremos aplaudiendo, hinchados de orgullo, celebrando un triunfo que más que una victoria es una aberración.  

La poesía de Blanco habla de la búsqueda constante de identidad, del choque entre su herencia cultural cubana y la de su país actual, de su experiencia como homosexual declarado dentro de una sociedad marcada por el machismo, pero ignora a los tomateros de Homestead, al vendedor de flores de la esquina, a los jardineros de todas partes. Esto no es un reclamo al poeta, la poesía es un arte extremadamente personal, más bien es una señal de aviso para todos, para que no dejemos que un momento de orgullo y discursos políticos nos anestesie la mente.

 

Ver a Richard Blanco abrirse camino en un mundo hostil y triunfar me permite soñar. Es fácil verse reflejado en él y convertirlo en un símbolo, un ejemplo a seguir. Es por eso que no debemos obviar la realidad por dura que sea. Hay que sacar al sueño americano del garrote vil y darle alas. Las historias del cine deberían ser tan comunes que ya nos parezcan aburridas y dejemos de sentir orgullo. Ver a un hispano gay recitando un poema en la investidura del presidente de la nación más poderosa del mundo nos parecen tan raro, quizás más, que ver a un extraterrestre. Y mientras este ser de otro mundo recita, mientras aplaudimos con los ojos llenos de lágrimas celebrando un triunfo imaginario, otra familia sufre el dolor de la separación y en la esquina de mi casa unos hombres de tez oscura se cuecen bajo el sol arreglando un techo.

 

Algún día, no muy lejano espero, Richard Blanco dejará de ser un extraterrestre y será normal ver a otros como él. Lo merecemos todos porque la desigualdad y la discriminación no tienen lugar en el mundo. Lo merece el poeta porque este circo mediático que lo exhibe, como una mujer barbuda, opaca lo que realmente importa, su obra.

Hablando como los locos: Entre Alonso Quijano y Napoleón Bonaparte

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Conversaba con un amigo sobre que será recordado de Cuba cuando en un futuro, según algunos científicos no muy lejano, el mar se trague a la isla. Mi amigo, un historiador brillante, opina que la actitud quijotesca de la mayor de las Antillas ya está cementada en los anales de la historia. De inicio me pareció acertada la idea de mi amigo pero ahora que he tenido tiempo de digerirla tengo mis dudas.

Es precisamente en el instante en que en su lecho de muerte Alonso Quijano, otrora Don Quijote, acepta su locura, que demuestra no estarlo. Aquel viejo soñador que se lanzó a cambiar al mundo sobre un caballo flaco y acompañado del más torpe de los escuderos, una vez enfrentado a las consecuencias de su quimera reconoce el costo de la misma, sobreponiendo el bienestar de sus allegados más cercanos sobre su propio ego. Sobrada prueba de cordura!

Comparemos la actitud del célebre caballero de La Mancha con la de otro famoso “loco” de la historia, también de modesto origen, Napoleón Bonaparte. A diferencia del Quijote Napoleón, para desgracia de muchos y fortuna de otros tantos, no proviene de una obra de ficción. Algunos afirman que el motor impulsor de quien fuera emperador de Francia y conquistador de casi toda Europa, fue su baja estatura y su origen humilde. Esa necesidad de demostrar su valía a pesar de las trabas impuestas por natura y la vida lo llevaron a intentar conquistar y cambiar al mundo. No hubo revés que menguara su deseo hasta el final de sus días, tanto así que cuando alguien de baja estatura muestra un espíritu combativo excepcional se le dice que tiene complejo Napoleónico. Su mayor virtud también fue su talón de Aquiles: ego sobrehumano. Un auténtico loco!

La aventura quimérica de Cuba, culminando con la fatídica revolución de 1959, más parece un esfuerzo napoleónico nacido de la necesidad de trascender nuestra limitada geografía que la desinteresada entrega del Quijote.

Ahondaré más sobre esta idea en los próximos días. Me gustaría que expresen sus opiniones.

La pelusa de la recontrapelusa

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Al parecer la sangre de tigre no es inmune al sida, fue la primera mofa que leí en la internet cuando comenzó el rumor de que el actor estadounidense Charlie Sheen se preparaba para anunciar ser VIH positivo. En la última década el veterano actor ha protagonizado algunos de los más sobresalientes escándalos salidos de Hollywood sin que esto haga mella en su popularidad, es más su leyenda parece engrandecer con cada derroche de insensatez. Hasta hace muy poco hacía alarde de una salud de hierro, prácticamente declarándose inmortal. Los memes sacando filo de la mala fortuna del actor no se han hecho esperar.

Seguir a Charlie Sheen es como presenciar un choque de trenes y es ese morbo lo que lo hace la comidilla de un público sediento de circo. La retroalimentación entre sus excentricidades y la popularidad que el morbo público le proporciona conlleva que ambas aumenten hasta llegar a una masa crítica. Primero vinieron las risas y luego los “se los dije.” El trágico desenlace de esta historia era esperado por todos con gran anticipación. El actor, despojado de su capa de superman, vuelve a ser el pobre diablo que siempre fue, atormentado por sus demonios e inseguridades y el público que antes le reía las gracias ahora lo señala con desdén. Esta es la lectura superficial de los hechos. El mundo sigue adelante en espera de su próxima víctima sin detenerse a pensar que si Charlie Sheen ha sido un monstruo, todos somos Frankenstein.

La metanarrativa es incómoda y preferimos obviarla. En el tipo de sociedad que hemos creado de gratificación inmediata, rozando el hedonismo, es esta la entropía, que por supuesto no se limita a los ratings en el mundo del espectáculo. Entender esto y responsabilizarnos como sociedad por nuestras acciones es de vital importancia. El vivir en un país postindustrial brinda un sinnúmero de beneficios que disfrutamos alegremente y por los cuales debemos sentirnos afortunados. Pero así como cuando se saborea una rica cena, siempre hay platos que lavar y basura que tirar.

Bajo caretas de libertad personal e individualismo se esconde el irresponsable discurso del egoísmo, tan simplón y reduccionista que pretende ignorar la compleja simbiosis que es la vida en sociedad. Es la misma retórica que ahora se lava las manos y deja a Charlie Sheen como único responsable de su infortunio. Y así siguen de fiesta, cagando la casa de todos sin prestar una mano a la hora de la recogida.

Una mujer desnuda

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Conversaba, exactamente texteaba para ponerlo en el contexto de nuestros tiempos, con mi hermano Oscar Blanco del imaginario y la estética y de ese diálogo de hace un par de días, nació este poema.

Una mujer desnuda

Una mujer desnuda y dadivosa

planta en la luna una bandera,

atraviesa en carabelas

eso que hoy llaman Atlántico,

carga una cruz hasta el Calvario.

Una mujer desnuda y dadivosa

yace ahogada, boca abajo,

en una playa de Turquía,

libera al Cono Sur encadenado,

pasa la noche en un caballo de madera.

Una mujer desnuda y dadivosa

aguarda impaciente en el exilio,

condena a muerte a un inocente,

escribe la historia de los hombres,

se roba el pan de cada día,

hace el amor cuando declara guerra.

Una mujer desnuda y dadivosa…

Por un discurso descastrificante

discurso

 

Pensaba comenzar escribiendo que está de más hablar de lo siniestra que es la dictadura que oprime a Cuba desde hace más de 56 años, pero no, no está de más; en Cuba impera una dictadura cruel, sanguinaria e ilegítima que oprime los derechos más elementales de sus ciudadanos con impunidad. No es necesario callar esto cuando se intenta poner distancia con el discurso de confrontación directa que históricamente han tenido el exilio y la oposición, como tampoco es necesario gritarlo como perro rabioso para tener una posición diametralmente opuesta a la de la dictadura. Propongo entonces un discurso menos combativo, pero para nada apologista, en cuanto a Cuba se refiere. Sobre este cambio retórico, para mi fundamental si queremos intentar algo verdaderamente nutritivo, quiero expandir.

 

Si se entiende a la comunicación como la condición definitoria por excelencia de lo humano, se entiende entonces que el ser humano es discurso, logos. El discurso colectivo es entonces la expresión de los pueblos, quien los define y los enrumba por la historia, también quien los limita y entorpece. Quien controle o defina el discurso de un pueblo será entonces quien controle o defina su destino. Por los últimos 56 años ha sido el gobierno de La Habana quien ha definido el diálogo entre cubanos por medio de una prestidigitación retórica deslumbrante que ha redefinido y atado los significados de patria, pueblo y revolución, siendo entonces la puja desde un lado y otro de estas definiciones el único discurso posible. Es en este atrincheramiento retórico donde se escuda la dictadura para ocultar sus carencias y sumar (o mantener) adeptos. Los problemas que aquejan al pueblo de la isla son culpa de los otros, cambiar es claudicar.

 

Más allá del discurso político, el cubano enfrenta retos palpables que necesitan solucionarse. Es en la incapacidad del sistema político de solucionar estos problemas donde es más vulnerable, ahí están sus fisuras; no hay consignas ni marchas que puedan sanarlas. Un discurso político que deje a un lado la confrontación directa para declararse pro todas las cosas que atropella la dictadura, respaldado por un esfuerzo organizado para mitigar las carencias más elementales que acontecen al cubano no dejaría lugar para el atrincheramiento ideológico.

 

La verdadera descastrificación es extirparlos del discurso nacional y salirse del circo, dejándolos buscando más conejos en un sombrero inconsecuente. Ese apéndice anacrónico, una vez expuesto como tal, solo puede derrumbarse. Cambiando la conversación podremos controlar o definir el discurso, solo así podremos cambiar o definir el destino de Cuba.