Ariel y Calibán

por Yosvani

caliban

 

Leído en un vacío contextual, el Ariel de Rodó es un texto ejemplar que evoca los más altos ideales humanistas. Para Rodó, Ariel, espíritu de aire, representa la libertad de la juventud, todavía no corrompida por el materialismo y el utilitarismo, que mira al futuro con optimismo. Sin embargo, visto desde una perspectiva post o anti colonialista, como a la que invita Retamar en Calibán, el texto de Rodó envejece ante los ojos del lector.

María Noel Lapoujade, en su conferencia Rodó: Ariel a la luz de la imaginación y lo imaginario, propone interpretar a Ariel y a Calibán como prototipos de lo humano. De Ariel nos dice que “es humano en cuanto prototipo de la transgresión. Transgresión de lo real en el sueño del vuelo; transgresión de la pesantez, de la inercia, en el vuelo humanizante. Metamorfosis de la especie cuyo nombre evoca el ‘humus, al cuál pertenece y del que está hecho. Ariel es la metamorfosis en un ser aéreo, sin llegar no obstante a la hybris desmedida de Ícaro”. Mientras que Calibán “es la figura de ’la carne’ en la más literal y brutal de sus acepciones”. Si para Rodó, Ariel es la razón y el sentimiento superior (…) progenitor de los pueblos superiores (…) hasta que, dentro ya de las razas superiores, se cierne, deslumbrante, sobre las almas que han extralimitado las cimas naturales de la Humanidad”, Calibán es entonces la sinrazón y el sentimiento inferior que impide extralimitar las cimas naturales de la Humanidad, el “brazo que combate”, el “tosco brazo que nivela y construye”.

Para rodó, la expansión de los Estados Unidos, con su cultura utilitaria y su consumismo, es el Calibán que amenaza al futuro de la América del sur. Contra esto advierte y exhorta a la juventud a defender lo mejor de “nuestra civilización”, que Ariel Simboliza. Para Rodó, lo mejor de nuestra civilización es la herencia greco-romana,         el arte renacentista, el amor ágape de Cristo. No repican en su defensa de lo más sublime los tambores del negro, ni silban las flautas del inca. El uruguayo acierta cuando nos advierte de los peligros del materialismo y condena la enajenación del obrero, reducido a la producción repetitiva de la manufactura en masa, pero en su propuesta permanecen mudos indios y negros, los otros que viven en los márgenes de la cultura hegemónica. Estos otros, hijos del colonialismo, la esclavitud y el mestizaje, son para Retamar el verdadero Calibán. Calibán, anagrama de caníbal, bestia terrible y temible, pocos menos que humano.

Es en el Calibán colonizado y esclavizado por Próspero donde Retamar se reconoce. “El deforme Calibán, a quién próspero robara su isla, esclavizara y enseñara el lenguaje, lo increpa: ‘Me enseñaron su lengua, y de ello obtuve/ El saber maldecir. ¡La roja plaga/ Caiga en ustedes, por esa enseñanza!” En esa masa de calibanes, reducidos a una caricatura subhumana, ve Retamar el verdadero futuro del continente. Calibán es el otro, subyugado y negado, que se levanta para liberarse y transformar el idioma que le ha sido impuesto, y que utiliza para maldecir, en un idioma nuevo que le permita expresarse cual es él. “No será con la explotación, la ignorancia de sus realidades, el desprecio y el intento cruel y grotesco de imponerles una cultura occidental de segunda o tercera mano, como se logrará que las comunidades indígenas se muevan hacia un mestizaje fértil”. Retamar reconoce la singularidad histórica de Latinoamérica y la necesidad de la misma de crear un camino propio. Para Retamar, Calibán es solo una bestia porque así lo han definido sus opresores. “Busquemos a quienes limpian el piso, lavan la ropa, botan la basura, realizan las tareas más humildes: y en sus caras encontraremos repetidos los rasgos que en espléndidas obras de arte multiseculares se muestran a turistas, para muchos de los cuales aquellos laboriosos apenas si existen como estorbos necesarios, como robots parlantes”.

Para Rodó, Ariel representa lo humano ideal, como una forma platónica. Rodó intenta defender al futuro mirando al pasado, a las viejas tradiciones europeas, y encuentra allí los sublimes ideales que nos hacen trascender. Retamar le da el giro del sofista y reinterpreta al monstruo de Shakespeare. Calibán ya no es una bestia salvaje en los ojos de su colonizador, sino que liberándose se define así mismo como humano. El futuro no pertenece entonces a lo valores extranjeros de un espíritu distante, sino a la inmediatez de la necesidad histórica de Calibán, forjador de futuro a través de una expresión autóctona.