En defensa de la serpiente

por Yosvani

Dios creó un paraíso para Adán y Eva repleto de árboles frutales y les dijo que podían comer de todos menos uno: el árbol del conocimiento del bien y del mal. Adán y Eva andaban entonces por el paraíso desnudos, haciendo las cosas que hacen dos adolescentes, seguramente bien parecidos, cuando andan desnudos y sin chaperona en un paraíso. Llega la serpiente y ve a Eva en sus desnudez, andaba sin Adán en ese instante, y le dice que coma del fruto del árbol prohibido y será como Dios, pues conocerá del bien y del mal. Eva entonces, con todos los dones de su creación, embulló a Adán a que la acompañara en la gozadera de comer la manzana de la discordia y es así como desde los comienzos mismo de la existencia de la humanidad, ha sido la serpiente la mala de la película.

 

La gozadera encueros duró poco y es que una vez que Adán y Eva hubieron de comer el susodicho fruto, tuvieron conciencia de su desnudez. Fue en ese instante que sintieron esos prejuicios puritanos que todavía acosan a la humanidad y sintieron la necesidad de vestirse. Como estaban solos en el paraíso no habían tiendas por departamentos, ni diseñadores de moda, ni cosa semejante pero demostraron gran afinidad por el diseño y usando la vegetación que les rodeaba, confeccionaron lo que vendría siendo la primera tanga.  Luego apareció Dios, descubrió que habían violado su mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal y los expulsó del paraíso. A esto se le conoce como el pecado original y se ha reconocido como el génesis de toda la fatalidad que desde entonces ha sido parte esencial de nuestra existencia. El pecado original es lo que nos aleja de la divinidad y nos marca como pecadores desde el mismo momento de nuestro nacimiento; es decir, somos pecadores ontológicos.  Se entiende entonces que esta desobediencia de los primeros humanos, Adán y Eva, es la razón, la causa, del cambio de nuestra relación con Dios. Esa idea del ser humano como un ser fallido que pierde la gracia divina que le fue concedida desde su creación misma me parece una obscenidad y hoy me propongo cuestionarla.

 

Está bien claro que Adán y Eva desobedecen a Dios cuando van en contra de la ordenanza divina de no comer del árbol señalado, acto que se puede entender como un pecado. Pero antes de aceptar esta acción como el pecado primario y razón de nuestras desgracias, cabe preguntarse si en verdad fue ese el primer desentendido que hubo entre Dios y la humanidad. Yo propongo que no. El responsable de la primera desavenencia, lo que para mí constituye el verdadero pecado original, entre el creador y su creación, no es mas que el creador mismo. Dios crea un paraíso para Adán y Eva en el que pueden vivir con una casi absoluta libertad y digo casi porque justo en medio de este paraíso coloca Dios el árbol del bien y del mal y les dice que de ese árbol no pueden comer o morirán. Es una obscenidad. Es realmente perverso que a esta pareja primordial, todavía colmada de inocencia y de esa curiosidad hiperactiva de la que gozan los pequeños, se le exija semejante cosa.

 

A la serpiente se le acusa de instigar la desobediencia a Dios. Podríamos decir que fue ella pionero del diversionismo ideológico. Como a Sócrates, se culpa a la serpiente de corromper a la juventud. Sócrates y la serpiente tienen mucho en común. El método socrático consistía en cuestionarlo todo, preguntárselo hasta poner en evidencia el ridículo de toda creencia comúnmente aceptada. La serpiente hace lo mismo cuando siembra en Eva la duda al decirle que no morirá por comer del fruto prohibido. Dios no quiere que lo comas, le dice, porque entonces serás como él y tendrás conocimiento del bien y del mal. Eva toma el fruto, va donde Adán, ambos lo comen y no mueren. No solo no mueren, sino que, como bien dijo la serpiente, adquieren el conocimiento del bien y del mal. La serpiente fue la primer filósofo que tuvo el mundo y como buena filósofo que era, puso en evidencia el engaño, la manipulación, la desconfianza, la deshonestidad de Dios y su poca fe en su creación.

 

La actitud de Dios es de un paternalismo patológico, tóxico. No hay que ser psicólogo ni consejero familiar para entender que una relación que comienza de este modo está condenada al fracaso. La serpiente no manipula a Eva y mucho menos desvía a la humanidad de la senda divina, sino que cuestiona los planteamientos de Dios y estos resultan ser ridículos y falsos. No cuestiono la intención divina. Todo padre sobreprotector que pone trabas al desarrollo personal de sus hijos lo hace con una buena intención y no por eso deja de afectar a estos y a su relación con estos de forma negativa.

 

El mito de la creación, la narrativa fundacional de la cultura occidental, pone a la humanidad como responsable, podríamos decir culpable, de haber perdido el favor divino que le fue otorgado como un don en el momento mismo de su creación (otra vez el paternalismo patológico que antes menciono). Somos una mierda que por la gracia infinita de Dios fuimos divinos por un momento y se nos dio el paraíso. Como la mierda que somos, terminamos desobedeciendo a Dios y perdimos el paraíso. La serpiente se transformó entonces en metáfora de la lengua viperina y sembradora de la cizaña. Así echamos a andar, con un concepto de nosotros mismo totalmente negativo y con recelo de todo el que cuestiona las normas establecidas.

 

Es impensable que tan distinta pudo haber sido nuestra historia de no sabernos hijos desobedientes e inmerecedores de la gracia de Dios padre. Todo pudo haber sido distinto si en vez de ser acusados de desobediencia y expulsados del paraíso, Dios hubiera tenido una charla constructiva con Adán y Eva sobre la desobediencia de ellos y la falsedad patriarcal patológica de él. Si en vez de vilificar a la serpiente hubiéramos celebrado su instinto filosófico tal vez hoy fuéramos mas sabios, capaces de plantearnos el mundo de un modo distinto. Tal vez hubiéramos franqueado los problemas del pasado, los retos del presente fueran otros y nuestras formas tuvieran mejor salud.

 

La buena noticia es que podemos cambiar. Es posible reinterpretar el mito de la creación y la relación con Dios. Es posible rescatar a la serpiente y a su instinto filosófico. Interpretar es crear, construir, en eso también somos como Dios. Vamos  a construir entonces o a reconstruir. Empecemos por reconstruirnos no como seres que venimos al mundo ya rotos y sí como seres sanos, saludables, fuertes, llenos de vida, merecedores de la gracia divina que creíamos perdida. Transformémonos en la transformación misma, en seres en constante reconstrucción que se cuestionan e interpretan todo, libres de dogmas y absolutismos. He ahí una idea emancipadora.