Hablemos de la muerte

por Yosvani

Tras las plegarias y las aseguranzas de una vida eterna, tras las flores, los cortejos fúnebres y los obituarios, quedan el vacío en el armario, el álbum de fotos para compartir con unos críos todavía demasiado jóvenes, la montaña de papeles requeridos por una burocracia indiferente, queda, en fin, para los sobrevivientes, el paso indetenible de la vida. Cualquier intento por contextualizar la pérdida de un ser querido sería insuficiente; basta con saber que la muerte es real, palpable, y que más allá de cualquier intento por mitigar su verdadero significado, conlleva consecuencias inevitables en la vida posterior de los sobrevivientes.

 

Insisto en hablar de la muerte porque me parece fundamental el entendimiento de la misma ante la inevitable banalidad de su constancia. Es de entender que ante la confrontación con la finalidad de la vida humana y el dolor que esto conlleva, busquemos maneras de convivir con el dolor; no solo es entendible sino que es hasta necesario, por lo que no es mi intención increpar a nadie por el modo en que conlleva algo tan personal como el duelo. Sin embargo insisto, y he de seguir insistiendo, en hablar de la muerte y poner el dedo en la tremenda llega que acarrea porque hay muertes que son inadmisibles más allá del determinismo biológico de haber estado vivo. Hablo, claro está, del brusco desenlace a destiempo que provoca la violencia. Cada vez que alguien, luego de expresar sus condolencias, retoma el odioso discurso de la deshumanización del otro, todo esfuerzo por mitigar la pena de los afectados inmediatos se reduce a un ejercicio retórico sin trascendencia.

 

Es necesario, vuelvo a insistir, que hablemos de la muerte. Es necesario entender, de veras, incómodamente, con una pesadez insoportable en el pecho que dificulte respirar, que más allá de los titulares en la prensa, las imágenes del noticiero o las lágrimas de los emoticons en tu Facebook feed, alguien tendrá  que vivir con el vacío manufacturado por la insensatez de quienes se niegan a reconocer la responsabilidad de sus palabras. Hoy no voy a mencionar culpables. Ya estoy cansado de ello y, sinceramente, no hay espacio para resquemores en este intento desesperado por la vida.

 

Es casi seguro que los de siempre ignoren mis palabras. En verdad, no se por qué me tomo el tiempo de escribirlas. Quizá lo hago porque me siento odiando al otro que tan fácil deshumaniza y siento escapar mi propia humanidad. Sí, por eso escribo esto, porque no me pueda el odio de unos pocos, porque si me puede, si nos puede, entonces habrá sido en vano todo esfuerzo.