22 de Julio

por Yosvani

Viendo 22 de Julio, último filme del realizador británico Paul Greengrass, no pude evitar las lágrimas. El ataque terrorista, que tuvo lugar en Oslo, capital Noruega, el 2011, hizo tal nudo en nuestras gargantas que más de siete años después es imposible de zafar. Los eventos del aquel fatídico día y la manera en que el director de The Bourne Supremacy los trata, son causa suficiente para arrugar al corazón más frío y no dudo en la inevitabilidad de mis lágrimas, sin importar las circunstancias, pero hoy no fueron las 69  víctimas baleadas de muerte en el campamento de verano de la isla de Utøya, ni las 8 por la explosión en un edificio de gobierno, las responsables de mi lloriqueo.

Karla Cruz, hondureña, 23 años, busca llegar a los Estados Unidos para reunificarse con su madre, quien hizo la travesía al norte hace 15 años.

Raúl Márquez viaja con su hijo de un año, huyendo de las pandillas que asesinaron a su esposa y han amenazado la vida del pequeño.

Chiristian, 34 años, huye luego de ser extorsionado por pandilleros. Deja atrás cuatro hijas y rehúsa dar su apellido por miedo a represalias.

Jiménez Flores, camionero, pasó cuatro meses escondidos por las amenazas de una pandilla a la que denunció a la policía por atacar a su hermano.

Alba Luz Girón Ramírez, madre de tres, abandona San Pedro Sula luego de que las pandillas mataran a su hermano y ella recibiera amenazas.

A Gerson Monterosa las pandillas le pedían 200 dólares mensuales de alquiler por vivir en su propia casa y lo amenazaron con darle fuego de no pagar.

De historias como estas está llena la caravana de migrantes centroamericanos que intenta llegar a Estados Unidos.

El Triángulo Norte de Centroamérica, como se conoce a lo región conformada por Guatemala, Honduras y El Salvador, es la región más peligrosa del mundo que no es una zona de combate, incluso superando a algunas de estas.  Guatemala y Honduras tienen un índice de pobreza de más del 60%, con más de la mitad de estos viviendo en la pobreza extrema, es decir, ganan menos del mínimo necesario para acceder a la canasta básica de sustento. Los números económicos de El Salvador son algo más alentadores pero sus 82,84 homicidios por cada 100.000 habitantes, superan los 56,52 de Honduras y 27, 26 de Guatemala. Para entender estos niveles de violencia, les diré que el promedio mundial es de 6,2 homicidios por cada 100.000 habitantes. Estados Unidos tiene un promedio de 5,35 homicidios y Chicago, la ciudad con el mayor número de asesinatos, promedia 18,6 por cada 100.000 habitantes.

Con estadísticas como estas y sin esperanzas cercanas de mejoría, no ha de sorprender que miles de personas intenten la larga caminata al norte promisorio. Estamos frente a una verdadera crisis humanitaria y no ante una invasión de criminales y desconocidos del medio oriente como pretende hacer creer el presidente Trump y su coro de deplorables. El Pentágono ha anunciado que desplazará a 5,200 soldados, miembros del ejército activo, a la frontera, no con la intención de realizar tareas humanitarias en ayuda de la caravana de migrantes sino en actitud defensiva, como quien se prepara para ser sitiado por un ejército invasor.

Es la retórica del odio, del miedo al otro, del nacionalismo más primario y reaccionario. No es un fenómeno nuevo. Hace ya algunos años que asoma la cabeza y ha encontrado en el actual presidente de los Estados Unidos a su arengador en jefe.

El pasado sábado, un supremacista blanco abrió fuego en una sinagoga matando a once personas mientras gritaba, “todos los judíos han de morir.” Horas antes había declarado su odio a la Asociación Hebrea de Ayuda al Emigrante (HIAS por sus siglas en inglés).  El día antes el FBI detenía al responsable de enviar 14 bombas por correo a personas vinculadas al partido opositor que han sido blanco frecuente de la ira del presidente, entre ellos el multimillonario George Soros, de quien afirman conspira a favor del nuevo orden mundial y contra la soberanía nacional, una acusación común entre supremacistas a miembros prominentes de la comunidad hebrea. Un sobrecargado espacio de 72 horas en el que otro supremacista baleaba de muerte a dos personas de la raza negra en una tienda de Kentucky.

El odio es real y es palpable. La violencia escala. El presidente se niega a condenar los hechos como actos terroristas. En un evento de campaña hace un guiño al extremismo y se auto titula nacionalista. Su mayor queja es que su pelo está teniendo un mal día. Dice de la prensa que es el mayor enemigo de la nación. Hace muecas, algún chiste de mal gusto que sus seguidores inevitablemente ríen y arremete contra algún enemigo imaginario, siempre de un modo deshumanizante. 22 de Julio. 77 muertos en una pantalla de cine. Es brutal. Estremecedor.

Es 22 de Julio en Pittsburgh, en Kentucky, en las rutas del correo. Es 22 de Julio en San Pedro Sula, Tegucigalpa y en todo el camino recorrido y por recorrer por una caravana de desesperados sin refugio.

“Estoy a favor de la dictadura.” Los negros “no sirven ni para procrear.” Sería “incapaz de amar a un hijo homosexual.” Ese es Jair Bolsonaro, nuevo presidente de Brasil. También es 22 de Julio en el gigante del sur y una camada de cubanos trumpistas celebran la victoria del odio mientras exigen un espacio en los futuros de Cuba. Allá también es 22.

En la pantalla una niña solloza en el juicio del perpetrador del acto terrorista. Es emigrante “¿Por qué me temen?” pregunta. Mis ojos, que parecían haber superado la hemorragia lagrimal, otra vez se nublan por la sobrecarga emocional. ¡Coño! ¡Que no es cine! La gente se muere de verdad. Este odio, esta retórica deshumanizadora y escatológica cobra vidas y no hablo de las de antaño, de las esterilizadas por el tiempo y por los libros. Un templo entero corría entre las balas por sus vidas hace solo un par de días. Dos personas que fueron a la tienda de la esquina no volvieron a sus casas. Lloro por los muertos, los de verdad. Esos son sus muertos señor presidente. También son tuyos, deplorable. Lloro por ellos, los que salieron en la prensa, que mataron con la violencia que promueven desde el odio y también por los que condenaste cerrándoles la puerta. Y lloro porque se que serán más, muchos más.