lo que pica el pollo

el blog de Yosvani Oliva Iglesias

Ariel y Calibán

caliban

 

Leído en un vacío contextual, el Ariel de Rodó es un texto ejemplar que evoca los más altos ideales humanistas. Para Rodó, Ariel, espíritu de aire, representa la libertad de la juventud, todavía no corrompida por el materialismo y el utilitarismo, que mira al futuro con optimismo. Sin embargo, visto desde una perspectiva post o anti colonialista, como a la que invita Retamar en Calibán, el texto de Rodó envejece ante los ojos del lector.

María Noel Lapoujade, en su conferencia Rodó: Ariel a la luz de la imaginación y lo imaginario, propone interpretar a Ariel y a Calibán como prototipos de lo humano. De Ariel nos dice que “es humano en cuanto prototipo de la transgresión. Transgresión de lo real en el sueño del vuelo; transgresión de la pesantez, de la inercia, en el vuelo humanizante. Metamorfosis de la especie cuyo nombre evoca el ‘humus, al cuál pertenece y del que está hecho. Ariel es la metamorfosis en un ser aéreo, sin llegar no obstante a la hybris desmedida de Ícaro”. Mientras que Calibán “es la figura de ’la carne’ en la más literal y brutal de sus acepciones”. Si para Rodó, Ariel es la razón y el sentimiento superior (…) progenitor de los pueblos superiores (…) hasta que, dentro ya de las razas superiores, se cierne, deslumbrante, sobre las almas que han extralimitado las cimas naturales de la Humanidad”, Calibán es entonces la sinrazón y el sentimiento inferior que impide extralimitar las cimas naturales de la Humanidad, el “brazo que combate”, el “tosco brazo que nivela y construye”.

Para rodó, la expansión de los Estados Unidos, con su cultura utilitaria y su consumismo, es el Calibán que amenaza al futuro de la América del sur. Contra esto advierte y exhorta a la juventud a defender lo mejor de “nuestra civilización”, que Ariel Simboliza. Para Rodó, lo mejor de nuestra civilización es la herencia greco-romana,         el arte renacentista, el amor ágape de Cristo. No repican en su defensa de lo más sublime los tambores del negro, ni silban las flautas del inca. El uruguayo acierta cuando nos advierte de los peligros del materialismo y condena la enajenación del obrero, reducido a la producción repetitiva de la manufactura en masa, pero en su propuesta permanecen mudos indios y negros, los otros que viven en los márgenes de la cultura hegemónica. Estos otros, hijos del colonialismo, la esclavitud y el mestizaje, son para Retamar el verdadero Calibán. Calibán, anagrama de caníbal, bestia terrible y temible, pocos menos que humano.

Es en el Calibán colonizado y esclavizado por Próspero donde Retamar se reconoce. “El deforme Calibán, a quién próspero robara su isla, esclavizara y enseñara el lenguaje, lo increpa: ‘Me enseñaron su lengua, y de ello obtuve/ El saber maldecir. ¡La roja plaga/ Caiga en ustedes, por esa enseñanza!” En esa masa de calibanes, reducidos a una caricatura subhumana, ve Retamar el verdadero futuro del continente. Calibán es el otro, subyugado y negado, que se levanta para liberarse y transformar el idioma que le ha sido impuesto, y que utiliza para maldecir, en un idioma nuevo que le permita expresarse cual es él. “No será con la explotación, la ignorancia de sus realidades, el desprecio y el intento cruel y grotesco de imponerles una cultura occidental de segunda o tercera mano, como se logrará que las comunidades indígenas se muevan hacia un mestizaje fértil”. Retamar reconoce la singularidad histórica de Latinoamérica y la necesidad de la misma de crear un camino propio. Para Retamar, Calibán es solo una bestia porque así lo han definido sus opresores. “Busquemos a quienes limpian el piso, lavan la ropa, botan la basura, realizan las tareas más humildes: y en sus caras encontraremos repetidos los rasgos que en espléndidas obras de arte multiseculares se muestran a turistas, para muchos de los cuales aquellos laboriosos apenas si existen como estorbos necesarios, como robots parlantes”.

Para Rodó, Ariel representa lo humano ideal, como una forma platónica. Rodó intenta defender al futuro mirando al pasado, a las viejas tradiciones europeas, y encuentra allí los sublimes ideales que nos hacen trascender. Retamar le da el giro del sofista y reinterpreta al monstruo de Shakespeare. Calibán ya no es una bestia salvaje en los ojos de su colonizador, sino que liberándose se define así mismo como humano. El futuro no pertenece entonces a lo valores extranjeros de un espíritu distante, sino a la inmediatez de la necesidad histórica de Calibán, forjador de futuro a través de una expresión autóctona.

 

En defensa de la serpiente

Dios creó un paraíso para Adán y Eva repleto de árboles frutales y les dijo que podían comer de todos menos uno: el árbol del conocimiento del bien y del mal. Adán y Eva andaban entonces por el paraíso desnudos, haciendo las cosas que hacen dos adolescentes, seguramente bien parecidos, cuando andan desnudos y sin chaperona en un paraíso. Llega la serpiente y ve a Eva en sus desnudez, andaba sin Adán en ese instante, y le dice que coma del fruto del árbol prohibido y será como Dios, pues conocerá del bien y del mal. Eva entonces, con todos los dones de su creación, embulló a Adán a que la acompañara en la gozadera de comer la manzana de la discordia y es así como desde los comienzos mismo de la existencia de la humanidad, ha sido la serpiente la mala de la película.

 

La gozadera encueros duró poco y es que una vez que Adán y Eva hubieron de comer el susodicho fruto, tuvieron conciencia de su desnudez. Fue en ese instante que sintieron esos prejuicios puritanos que todavía acosan a la humanidad y sintieron la necesidad de vestirse. Como estaban solos en el paraíso no habían tiendas por departamentos, ni diseñadores de moda, ni cosa semejante pero demostraron gran afinidad por el diseño y usando la vegetación que les rodeaba, confeccionaron lo que vendría siendo la primera tanga.  Luego apareció Dios, descubrió que habían violado su mandato de no comer del árbol del conocimiento del bien y del mal y los expulsó del paraíso. A esto se le conoce como el pecado original y se ha reconocido como el génesis de toda la fatalidad que desde entonces ha sido parte esencial de nuestra existencia. El pecado original es lo que nos aleja de la divinidad y nos marca como pecadores desde el mismo momento de nuestro nacimiento; es decir, somos pecadores ontológicos.  Se entiende entonces que esta desobediencia de los primeros humanos, Adán y Eva, es la razón, la causa, del cambio de nuestra relación con Dios. Esa idea del ser humano como un ser fallido que pierde la gracia divina que le fue concedida desde su creación misma me parece una obscenidad y hoy me propongo cuestionarla.

 

Está bien claro que Adán y Eva desobedecen a Dios cuando van en contra de la ordenanza divina de no comer del árbol señalado, acto que se puede entender como un pecado. Pero antes de aceptar esta acción como el pecado primario y razón de nuestras desgracias, cabe preguntarse si en verdad fue ese el primer desentendido que hubo entre Dios y la humanidad. Yo propongo que no. El responsable de la primera desavenencia, lo que para mí constituye el verdadero pecado original, entre el creador y su creación, no es mas que el creador mismo. Dios crea un paraíso para Adán y Eva en el que pueden vivir con una casi absoluta libertad y digo casi porque justo en medio de este paraíso coloca Dios el árbol del bien y del mal y les dice que de ese árbol no pueden comer o morirán. Es una obscenidad. Es realmente perverso que a esta pareja primordial, todavía colmada de inocencia y de esa curiosidad hiperactiva de la que gozan los pequeños, se le exija semejante cosa.

 

A la serpiente se le acusa de instigar la desobediencia a Dios. Podríamos decir que fue ella pionero del diversionismo ideológico. Como a Sócrates, se culpa a la serpiente de corromper a la juventud. Sócrates y la serpiente tienen mucho en común. El método socrático consistía en cuestionarlo todo, preguntárselo hasta poner en evidencia el ridículo de toda creencia comúnmente aceptada. La serpiente hace lo mismo cuando siembra en Eva la duda al decirle que no morirá por comer del fruto prohibido. Dios no quiere que lo comas, le dice, porque entonces serás como él y tendrás conocimiento del bien y del mal. Eva toma el fruto, va donde Adán, ambos lo comen y no mueren. No solo no mueren, sino que, como bien dijo la serpiente, adquieren el conocimiento del bien y del mal. La serpiente fue la primer filósofo que tuvo el mundo y como buena filósofo que era, puso en evidencia el engaño, la manipulación, la desconfianza, la deshonestidad de Dios y su poca fe en su creación.

 

La actitud de Dios es de un paternalismo patológico, tóxico. No hay que ser psicólogo ni consejero familiar para entender que una relación que comienza de este modo está condenada al fracaso. La serpiente no manipula a Eva y mucho menos desvía a la humanidad de la senda divina, sino que cuestiona los planteamientos de Dios y estos resultan ser ridículos y falsos. No cuestiono la intención divina. Todo padre sobreprotector que pone trabas al desarrollo personal de sus hijos lo hace con una buena intención y no por eso deja de afectar a estos y a su relación con estos de forma negativa.

 

El mito de la creación, la narrativa fundacional de la cultura occidental, pone a la humanidad como responsable, podríamos decir culpable, de haber perdido el favor divino que le fue otorgado como un don en el momento mismo de su creación (otra vez el paternalismo patológico que antes menciono). Somos una mierda que por la gracia infinita de Dios fuimos divinos por un momento y se nos dio el paraíso. Como la mierda que somos, terminamos desobedeciendo a Dios y perdimos el paraíso. La serpiente se transformó entonces en metáfora de la lengua viperina y sembradora de la cizaña. Así echamos a andar, con un concepto de nosotros mismo totalmente negativo y con recelo de todo el que cuestiona las normas establecidas.

 

Es impensable que tan distinta pudo haber sido nuestra historia de no sabernos hijos desobedientes e inmerecedores de la gracia de Dios padre. Todo pudo haber sido distinto si en vez de ser acusados de desobediencia y expulsados del paraíso, Dios hubiera tenido una charla constructiva con Adán y Eva sobre la desobediencia de ellos y la falsedad patriarcal patológica de él. Si en vez de vilificar a la serpiente hubiéramos celebrado su instinto filosófico tal vez hoy fuéramos mas sabios, capaces de plantearnos el mundo de un modo distinto. Tal vez hubiéramos franqueado los problemas del pasado, los retos del presente fueran otros y nuestras formas tuvieran mejor salud.

 

La buena noticia es que podemos cambiar. Es posible reinterpretar el mito de la creación y la relación con Dios. Es posible rescatar a la serpiente y a su instinto filosófico. Interpretar es crear, construir, en eso también somos como Dios. Vamos  a construir entonces o a reconstruir. Empecemos por reconstruirnos no como seres que venimos al mundo ya rotos y sí como seres sanos, saludables, fuertes, llenos de vida, merecedores de la gracia divina que creíamos perdida. Transformémonos en la transformación misma, en seres en constante reconstrucción que se cuestionan e interpretan todo, libres de dogmas y absolutismos. He ahí una idea emancipadora.

Democracia radical (I)

Si buscamos el significado de una palabra en un diccionario, este nos refiere a otras palabras. Si buscamos el significado de las palabras referidas, el diccionario nos refiere a más palabras. Este es uno de los significados de la “différance,” un término inventado por el filósofo y lingüista francés  Jacques Derrida que significa a la vez diferencia y deferencia. El ejemplo que aquí uso se refiere al segundo de estos significados. Para Derrida, y yo estoy de acuerdo, esto quería decir que un texto puede tener una infinidad de interpretaciones, todas correctas. Es como un juego perverso que nos lleva a una búsqueda infinita de palabras. En política ocurre algo similar.

 

En una democracia representativa como la de EEUU, donde además de leyes federales existen también leyes a nivel de estado, condado, ciudad, etc., tal parece que las leyes y estatutos legales conducen a más leyes y estatus en un juego perverso que no tiene fin. Los representantes electos y demás funcionarios públicos que conforman la gran burocracia del gobierno son profesionales de este frustrante juego con la responsabilidad de entenderlo y a la vez viven atrapados en el mismo, como el resto de nosotros lo está en las palabras. Esto es muy confuso y tan solo el intento de tratar de explicarlo me provoca dolor de cabeza. Es de entender que la mayoría del electorado se sienta de modo similar con este juego de la política y, lo que es peor, culpe a los políticos de ello y cómo no hacerlo ante el interminable laberinto legal que se erige ante nosotros como una biblioteca de Babel.

 

Ante tanta confusión es entendible que cautive un candidato que prometa poner fin al macabro juego y a los políticos, cual si fueran ratas. Pero no estamos en Hamelín y no hay flauta encantada. Quién se haga pasar de flautista no es mas que un farsante y quién le crea no busca mas que transferir su responsabilidad ciudadana a un imitador de príncipe azul (naranja en nuestro caso). La única solución posible es la democracia radical.

 

Para evitar las trampas de la política no solo es importante que todos participemos de la misma. Es también fundamental (he ahí lo de radical) que la democracia se extienda a todas las áreas de la vida pública.  (continuará)

Se ponen como se ponen

A los demócratas les gusta joder. No puede haber otra explicación. Dicen preferir el civismo y la unidad. Hablan, mas bien gritan, de los excesos retóricos de Trump y casi parecen sinceros. Digo casi porque sabiendo cómo son los republicanos, en lugar de buscar calmar los ánimos con candidatos normales se pasaron de inclusivos.

Hace una semana veía muy difícil que encontraran el modo de trabajar en conjunto pero, optimista que soy, guardaba alguna esperanza. “Los blancos se entienden,” me dije, “siempre lo han hecho.” Pensé que si los demócratas se dejaban de inventos y elegían candidatos normales, sería muy posible que ni siquiera tuvieran que hacer concesiones ideológicas pero en vez de buscar consenso, se ponen como se ponen.

Lean y juzguen:

Por primera vez en el congreso habrán dos mujeres musulmanas y dos nativas americanas, una de ellas lesbiana. Iowa, Maine y Tennessee contarán con mujeres entre sus representantes, algo sin precedente. En Massachusetts y Connecticut, dos mujeres de color irán al congreso y en Colorado la novedad de un judío homosexual. Cómo si fuera poco, Alexandria Ocasio-Cortez, buena perla para los republicanos, se convertirá en la mujer más joven en la historia de la cámara de representantes.

Ya de por sí parecía imposible transar en temas de salud pública e inmigración, ni hablar del medio ambiente o la deuda estudiantil, pero pensé que la urgencia vital de estos asuntos se impondría. Obviamente, el partido demócrata escogió provocar dando espacio a las minorías en lugar de un cambio más acorde con los conservadores. Solo falta que una vez no lleguen a un acuerdo, los acusen de intolerantes.

 

Hablemos de la muerte

Tras las plegarias y las aseguranzas de una vida eterna, tras las flores, los cortejos fúnebres y los obituarios, quedan el vacío en el armario, el álbum de fotos para compartir con unos críos todavía demasiado jóvenes, la montaña de papeles requeridos por una burocracia indiferente, queda, en fin, para los sobrevivientes, el paso indetenible de la vida. Cualquier intento por contextualizar la pérdida de un ser querido sería insuficiente; basta con saber que la muerte es real, palpable, y que más allá de cualquier intento por mitigar su verdadero significado, conlleva consecuencias inevitables en la vida posterior de los sobrevivientes.

 

Insisto en hablar de la muerte porque me parece fundamental el entendimiento de la misma ante la inevitable banalidad de su constancia. Es de entender que ante la confrontación con la finalidad de la vida humana y el dolor que esto conlleva, busquemos maneras de convivir con el dolor; no solo es entendible sino que es hasta necesario, por lo que no es mi intención increpar a nadie por el modo en que conlleva algo tan personal como el duelo. Sin embargo insisto, y he de seguir insistiendo, en hablar de la muerte y poner el dedo en la tremenda llega que acarrea porque hay muertes que son inadmisibles más allá del determinismo biológico de haber estado vivo. Hablo, claro está, del brusco desenlace a destiempo que provoca la violencia. Cada vez que alguien, luego de expresar sus condolencias, retoma el odioso discurso de la deshumanización del otro, todo esfuerzo por mitigar la pena de los afectados inmediatos se reduce a un ejercicio retórico sin trascendencia.

 

Es necesario, vuelvo a insistir, que hablemos de la muerte. Es necesario entender, de veras, incómodamente, con una pesadez insoportable en el pecho que dificulte respirar, que más allá de los titulares en la prensa, las imágenes del noticiero o las lágrimas de los emoticons en tu Facebook feed, alguien tendrá  que vivir con el vacío manufacturado por la insensatez de quienes se niegan a reconocer la responsabilidad de sus palabras. Hoy no voy a mencionar culpables. Ya estoy cansado de ello y, sinceramente, no hay espacio para resquemores en este intento desesperado por la vida.

 

Es casi seguro que los de siempre ignoren mis palabras. En verdad, no se por qué me tomo el tiempo de escribirlas. Quizá lo hago porque me siento odiando al otro que tan fácil deshumaniza y siento escapar mi propia humanidad. Sí, por eso escribo esto, porque no me pueda el odio de unos pocos, porque si me puede, si nos puede, entonces habrá sido en vano todo esfuerzo.

22 de Julio

Viendo 22 de Julio, último filme del realizador británico Paul Greengrass, no pude evitar las lágrimas. El ataque terrorista, que tuvo lugar en Oslo, capital Noruega, el 2011, hizo tal nudo en nuestras gargantas que más de siete años después es imposible de zafar. Los eventos del aquel fatídico día y la manera en que el director de The Bourne Supremacy los trata, son causa suficiente para arrugar al corazón más frío y no dudo en la inevitabilidad de mis lágrimas, sin importar las circunstancias, pero hoy no fueron las 69  víctimas baleadas de muerte en el campamento de verano de la isla de Utøya, ni las 8 por la explosión en un edificio de gobierno, las responsables de mi lloriqueo.

Karla Cruz, hondureña, 23 años, busca llegar a los Estados Unidos para reunificarse con su madre, quien hizo la travesía al norte hace 15 años.

Raúl Márquez viaja con su hijo de un año, huyendo de las pandillas que asesinaron a su esposa y han amenazado la vida del pequeño.

Chiristian, 34 años, huye luego de ser extorsionado por pandilleros. Deja atrás cuatro hijas y rehúsa dar su apellido por miedo a represalias.

Jiménez Flores, camionero, pasó cuatro meses escondidos por las amenazas de una pandilla a la que denunció a la policía por atacar a su hermano.

Alba Luz Girón Ramírez, madre de tres, abandona San Pedro Sula luego de que las pandillas mataran a su hermano y ella recibiera amenazas.

A Gerson Monterosa las pandillas le pedían 200 dólares mensuales de alquiler por vivir en su propia casa y lo amenazaron con darle fuego de no pagar.

De historias como estas está llena la caravana de migrantes centroamericanos que intenta llegar a Estados Unidos.

El Triángulo Norte de Centroamérica, como se conoce a lo región conformada por Guatemala, Honduras y El Salvador, es la región más peligrosa del mundo que no es una zona de combate, incluso superando a algunas de estas.  Guatemala y Honduras tienen un índice de pobreza de más del 60%, con más de la mitad de estos viviendo en la pobreza extrema, es decir, ganan menos del mínimo necesario para acceder a la canasta básica de sustento. Los números económicos de El Salvador son algo más alentadores pero sus 82,84 homicidios por cada 100.000 habitantes, superan los 56,52 de Honduras y 27, 26 de Guatemala. Para entender estos niveles de violencia, les diré que el promedio mundial es de 6,2 homicidios por cada 100.000 habitantes. Estados Unidos tiene un promedio de 5,35 homicidios y Chicago, la ciudad con el mayor número de asesinatos, promedia 18,6 por cada 100.000 habitantes.

Con estadísticas como estas y sin esperanzas cercanas de mejoría, no ha de sorprender que miles de personas intenten la larga caminata al norte promisorio. Estamos frente a una verdadera crisis humanitaria y no ante una invasión de criminales y desconocidos del medio oriente como pretende hacer creer el presidente Trump y su coro de deplorables. El Pentágono ha anunciado que desplazará a 5,200 soldados, miembros del ejército activo, a la frontera, no con la intención de realizar tareas humanitarias en ayuda de la caravana de migrantes sino en actitud defensiva, como quien se prepara para ser sitiado por un ejército invasor.

Es la retórica del odio, del miedo al otro, del nacionalismo más primario y reaccionario. No es un fenómeno nuevo. Hace ya algunos años que asoma la cabeza y ha encontrado en el actual presidente de los Estados Unidos a su arengador en jefe.

El pasado sábado, un supremacista blanco abrió fuego en una sinagoga matando a once personas mientras gritaba, “todos los judíos han de morir.” Horas antes había declarado su odio a la Asociación Hebrea de Ayuda al Emigrante (HIAS por sus siglas en inglés).  El día antes el FBI detenía al responsable de enviar 14 bombas por correo a personas vinculadas al partido opositor que han sido blanco frecuente de la ira del presidente, entre ellos el multimillonario George Soros, de quien afirman conspira a favor del nuevo orden mundial y contra la soberanía nacional, una acusación común entre supremacistas a miembros prominentes de la comunidad hebrea. Un sobrecargado espacio de 72 horas en el que otro supremacista baleaba de muerte a dos personas de la raza negra en una tienda de Kentucky.

El odio es real y es palpable. La violencia escala. El presidente se niega a condenar los hechos como actos terroristas. En un evento de campaña hace un guiño al extremismo y se auto titula nacionalista. Su mayor queja es que su pelo está teniendo un mal día. Dice de la prensa que es el mayor enemigo de la nación. Hace muecas, algún chiste de mal gusto que sus seguidores inevitablemente ríen y arremete contra algún enemigo imaginario, siempre de un modo deshumanizante. 22 de Julio. 77 muertos en una pantalla de cine. Es brutal. Estremecedor.

Es 22 de Julio en Pittsburgh, en Kentucky, en las rutas del correo. Es 22 de Julio en San Pedro Sula, Tegucigalpa y en todo el camino recorrido y por recorrer por una caravana de desesperados sin refugio.

“Estoy a favor de la dictadura.” Los negros “no sirven ni para procrear.” Sería “incapaz de amar a un hijo homosexual.” Ese es Jair Bolsonaro, nuevo presidente de Brasil. También es 22 de Julio en el gigante del sur y una camada de cubanos trumpistas celebran la victoria del odio mientras exigen un espacio en los futuros de Cuba. Allá también es 22.

En la pantalla una niña solloza en el juicio del perpetrador del acto terrorista. Es emigrante “¿Por qué me temen?” pregunta. Mis ojos, que parecían haber superado la hemorragia lagrimal, otra vez se nublan por la sobrecarga emocional. ¡Coño! ¡Que no es cine! La gente se muere de verdad. Este odio, esta retórica deshumanizadora y escatológica cobra vidas y no hablo de las de antaño, de las esterilizadas por el tiempo y por los libros. Un templo entero corría entre las balas por sus vidas hace solo un par de días. Dos personas que fueron a la tienda de la esquina no volvieron a sus casas. Lloro por los muertos, los de verdad. Esos son sus muertos señor presidente. También son tuyos, deplorable. Lloro por ellos, los que salieron en la prensa, que mataron con la violencia que promueven desde el odio y también por los que condenaste cerrándoles la puerta. Y lloro porque se que serán más, muchos más.

Política identitaria ¿Qué se oculta detrás de este término tan controvertido?

 

El historiador y filósofo francés Michel Foucault define la episteme como el marco de saber acorde a la determinada “verdad” impuesta desde un poder en cada época. Para Foucault (y yo suelo estar de acuerdo) todo puede ser explicado en relación al poder. Es eso que él llama el biopoder y que son las numerosas y diversas técnicas que practican los estados para subyugar los cuerpos y controlar la población quien dicta las reglas del juego que jugamos todos, incluyendo la episteme. Entendiendo entonces el significado de política identitaria dentro de la episteme de los tiempos que corren y la relación existente entre las estructuras de poder y sus subordinados, podemos entender qué realmente quiere decir alguien cuando acusa a otra persona de practicar política identitaria. Esos que acusan a miembros de grupos minoritarios de practicar una política de identidad o identitaria lo hacen argumentando que cuando un grupo de personas se define y se organiza alrededor de rasgos identitarios como el color de piel, el lugar de origen o su orientación sexual, esa persona está practicando una especie de racismo a la inversa ya que al definirse como miembro de determinado grupo minoritario excluye al resto de la población.  A simple vista parece un argumento inofensivo y razonable pero visto de cerca se le cae la careta. Entendamos por qué. La palabra queer, raro en español, que se usa para definir a ciertos miembros de la comunidad LGTBQ (de ahí la Q) no fue acuñada de este modo por miembros de dicha comunidad. No pudo haberlo sido porque llamarle queer o raro a una persona era un término despectivo que indudablemente tiene sus orígenes en la “normalidad,” es decir en las estructuras de poder. Lo mismo ocurría cuando se le llamaba a alguien negro o gay. Estos grupos minoritarios que han sido históricamente deshumanizados, discriminados y enajenados por las estructuras de poder, también fueron nombrados por esas mismas estructuras, de ahí que esa terminología despectiva utilizada para definir su identidad terminara siendo la causa común para identificarse de forma unitaria y hacer frente a los abusos cometidos por el poder.  Y es ahora cuando la periferia ha redefinido el antiguo modo despectivo de identificarla, asignando un valor positivo a términos que antes acarreaban uno negativo, que la hegemonía, el poder, busca resemantizar el valor de los mismos (con mucho éxito por cierto), asignando un valor negativo al uso de estos términos con el concepto de política identitaria. Son como padres molestos ante el niño que les contesta. Así que antes de utilizar el término política identitaria para definir la pujanza de un grupo minoritario por promover sus derechos, pregúntese ¿soy yo racista? Si su respuesta es no, entonces evite usar un término que busca subyugar los derechos de las minorías y mantener un orden que defiende valores que deberían quedarse en otros tiempos.